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sábado, 5 de mayo de 2018

Tu y Yo somos Hermanos








♫♬ Tu y yo somos hermanos

♬♫ Y del mismo cubil,

♫♬ Tu rastro va junto a mi rastro

♬♫ Mi caza es para ti






Hacía ya mucho rato que me había acostado en el suelo del cubil con el resto de los cachorros y lobatos que conformábamos la manada, pero aun no me podía dormir de la emoción acumulada a lo largo de aquel día y lo que ya sabía que me esperaba al despertar, cuando de la nada lo comencé a escuchar, primero como un rumor, un susurró o un aullido a lo lejos, que poco a poco fue aumentado de volumen como un gran clamor, estuve atento a escuchar con mis “oídos bien abiertos”, y de repente explotó como si toda la selva se encontrara entre nosotros dentro de aquella cueva, y entonces, de la nada, comenzó a llover.

Casi de inmediato, todos los cerros alrededor del cubil se convirtieron en caudalosos torrentes, cargados de barro, madera, piedras, y cualquier otra cosa que se interpusiera a su caudal. Pequeños arroyos, comenzaron a nacer de aquellos caudales principales, y muchos de ellos buscaron entrar al calor y protección de nuestro refugio. Al sentir, el agua y el frio, los cachorros y lobatos buscamos arrimarnos al calor de la manada, y nos arrejuntamos, unos contra otros, en el centro de la guarida que nos daba resguardo, los viejos lobos por su parte se acostaron a nuestro alrededor para protegernos. A pesar de eso, muy pronto grandes charcos cubrían los pisos del refugio, mientras los ecos de los rayos retumbaban en nuestros cuerpos y las centellas alumbraban todo el cubil.

De inmediato, el olor de la lluvia invadió el lugar y lo impregno todo: fuerte, penetrante, persistente, pertinaz, violento, soberano. Al final todos mis sentidos advertían que la lluvia había conquistado el cubil y se recostaba a mi lado. Y así, entre: agua, humedad, rayos y centellas, final e increíblemente, me quede dormido.

Despertamos temprano, y aunque ya no llovía, el cielo encapotado no nos dejaba ver al sol, ni sentir su calor. La humedad, plenaba toda la selva, que se mantenía encharcada y anegada por doquier. Bostezamos, nos rascamos, alargamos una extremidad, luego las otras, para sacudir y exorcizar la pesadez que aun sentíamos. Luego, lenta y pesadamente, salimos al descubierto y allí comenzamos a movernos y a correr buscando el calor y la energía que solo genera el movimiento. Splash, splash, splash, repiqueteaban nuestras pisadas, mientras labraban en el barro huellas: frescas, alertas, agiles y libres. Splash, splash, salpicaba el barro a nuestro alrededor.

Reitero que a esa hora ya no llovía, pero una persistente e interminable garua se confundía con las gotas que las ramas y hojas habían recolectado durante la noche y que ahora descargaban inmisericordemente sobre nosotros, de modo que al poco tiempo estábamos tan mojados como si hubiéramos danzado toda la noche bajo la lluvia, y no teníamos ni esperábamos la menor posibilidad de secarnos al sol.




A pesar de eso, la manada estaba muy feliz… …

A pesar de eso, la manada estaba prendada del momento… …

A pesar de todo, yo no hubiera querido estar en ningún otro lugar… …




A lo largo y ancho del campo la llegada de la lluvia entusiasmaba y renacía todo y a todos, el espectáculo era digno de los mejores teatros del mundo: los gritos de las guacharacas resonaban desde antes del amanecer llamando a levantarse, en contrapunteo los cristofués le contestaban desde lo alto de los eucaliptos pidiendo que los dejaran seguir durmiendo; tucusitos de infinitos colores, se confundían con innumerables libélulas compitiendo por los aires, por las flores y por las frutas para libar sus dulces néctares; ardillas y otros roedores de diferentes tamaños y aspectos, surgían de sus madrigueras, salían al descampado y cruzaban los campos para recolectar frutillas, con las que regresaban prontamente a la seguridad de sus agujeros; lagartijas, culebras y otros reptiles se arrastraban por los charcos, buscando la humedad; arriba, desde lo alto, negras “golondrinas” se lanzan en acrobáticas caídas para “robar agua” de los múltiples charcos que colmaban los suelos, y por encima de ellas, muy por encima, el agudo chillido del Cari-Cari – Jefe y Guardián del lugar –, cantándole a su pareja, mientras observa cualquier movimiento de los súbditos de sus dominios, los cuales seguramente tendrá el privilegio de convertirse en el sustento de los suyos. Si, la naturaleza había despertado. Y se regocijaba por la vida que le había traído la lluvia.


En eso cachorros y lobatos nos dimos cuenta de que también nosotros teníamos hambre, y ya que “cada lobo aúlla en su caverna”, regresamos al cubil, para ver si los cazadores habían atrapado algún gamo, todos esperábamos que “Akela – y sus viejos lobos – no hubiera errado el golpe” y que la comida alcanzara para toda la manada, además preferíamos un buen sambhur o un joven gamo a un toro cebado como el que Bagheera pago por rescatar la vida de Mowgli, en todo caso nosotros nos sentíamos protegidos y privilegiados por la Ley de La Manada que nos consideraba menores desde que nos presentaran a la manada y hasta que hubiéramos cazado nuestro primer gamo. Sabíamos bien, que todos los viejos lobos se sentían obligados a cuidarnos, protegernos, educarnos, formarnos “so pena de muerte”. Y yo, era el más contento, ya que sabía que esa misma noche, a lo alto de la roca del consejo, rodeado por todos, bajo la luz de la luna llena, sería presentado a la Manada y pasaría a formar parte de ella.

Luego de comer, salimos con los viejos lobos a reconocer el lugar, a lo largo del camino ellos hacían de maestros y como Baloo a Mowgli nos enseñaban las palabras mágicas para todos los pueblos de la selva, y especialmente las palabras mágicas que utilizaba nuestro pueblo: "Tú y yo somos de la misma sangre”.


Transcurrió el día, entre juegos, bromas, compartir, aprendizaje, y ya pasada la media tarde, tras un largo caminar, descendimos hasta un pequeño valle, incrustado en el centro de la selva, en el fondo lo remataba un grato claro, rodeada de bambúes y bejucos, circulado por troncos y piedras a modo de un anfiteatro natural. La manada se fue sentando y acomodando desordenadamente alrededor del claro, y entonces comenzamos a cantar, al principio solo algunas voces sueltas y desafinadas, a las que nos fuimos sumando uno por uno, hasta que al final nuestras voces sonaban como un gran aullido grupal, con más entusiasmo que afinación. Y allí permanecimos buena parte de la tarde.

Tan concentrados y divertidos estábamos, que ninguno se percató de que “Mang, el murciélago, había desatado la noche” hasta que iniciamos el ascenso a la cima, alumbrados solo por el resplandor de la luna llena, mientras serpenteábamos la trocha como una infinita Kaa arrastrada a lo largo del sendero, y avanzamos lentamente. Antes de llegar a la cima, ingresamos a un pequeño, acogedor, prodigioso y mágico descanso, cubierto por un árbol de pomarrosa, que invitaba a descansar, conversar, reflexionar, meditar, compartir, orar, amar; allí nuevamente nos detuvimos, y sigilosamente alumbrados por los cómplices rayos de la luna llena que se filtraban por entre las ramas de la pomarrosa, formamos una ronda alrededor de los viejos lobos, quienes a varias voces – a modo de bardos medievales – nos relataron la historia de “Los hermanos de Mowgli”, luego a coro nuestras voces se unieron para entonar la “Canción nocturna en la selva”, aun cantábamos cuando continuamos ascendiendo hasta penetrar a una gran terraza ubicada entre dos pequeños bosques y una empinada ladera que le servía de lienzo, allí  celebraríamos el consejo de la manada, y ante  él debíamos ser presentados todos los cachorros que teníamos edad suficiente para sostenernos en pie con el fin de que los otros lobos pudieran identificarnos como “de la misma sangre”. Después de la presentación, quedaríamos los lobatos en libertad para correr por donde nos placiera, y de prepararnos hasta estar listos para dar nuestro gran salto y matar nuestro primer gamo.

Al llegar arriba, los viejos lobos, los lobatos y los cachorros nos fuimos ubicando a lo largo de la terraza, y esperamos ansiosos el inicio de la ceremonia, en eso escuché a Akela llamarme por mi nombre, y de inmediato fui conducido hasta su presencia, Akela pregunto:



-       ¿Quién habla a favor de este cachorro?, ¿Quién, que pertenezca al pueblo libre, habla a favor suyo?



-       Yo hablo a favor de Ricky. Dejadle correr con la manada, y contadlo como uno de tantos. Yo mismo lo enseñare – contesto mi seisenero



Akela, se me quedo mirando, me dio la bienvenida, y tomando mi mano izquierda me invito a integrarme formalmente a la manada, y entonces bajo la luz de la luna, y en ese bello campo de tantas leyendas, historias y recuerdos, hice que mi voz llenara la noche, y dije:

Prometo hacer lo mejor que pueda

por cumplir mis deberes para con Dios y la Patria,

cumplir la Ley de la Manada y

hacer una buena acción a alguien cada día




Entonces Akela se dirigió a la manada diciendo:

“Miradlo bien, miradlo bien lobos”

Y en ese momento pase a ser parte de la manada, de inmediato todos los lobatos rodeamos a Akela, nos sentamos sobre nuestros talones en cuclillas y en voz fuerte y clara y acompasada, nos unimos todos en un gran aullido diciéndole a la noche: ¡A - KE – LA,  HA - RE - MOS LO MEJOR!, me pare de un salto y le pregunte a mis nuevos hermanos: ¿Did, dib, dib, dib? (Que significa: ¿harán ustedes lo mejor?), y ellos a coro me respondieron "Dob, Dob, Dob, Dob" (Que significa:   Haremos lo mejor!).

A continuación, las nubes – como si se tratara de inmensos telones, que señalaran el fin de la función – cubrieron la luna, dejándonos en total oscuridad, por lo que “Mang y sus hermanos llenaron los cielos” y de inmediato, nuevamente, comenzó a llover.

Apresuradamente, todos buscamos la protección del cubil, y hacia allí nos dirigimos, en el camino – bajo la lluvia – alcance a Hermano Gris, quien, sin dejar de caminar, me felicito por mi promesa, y me animo a apresurarme:



-       Gracias – le dije, y de inmediato, ignorando la lluvia y el frio, le pregunté - ¿Felo, en Paramacay siempre llueve?

Él se detuvo, se me quedo mirando, sonrió, iluminando la noche y me contesto:

-       No Ricky, a veces escampa.



Buena Caza,
Pterodáctilo Ancestral
Mayo 2018









Nota del Autor:

Este relato no pretende ser, ni suplir al Manual de Ceremonias de la ASV, ni ejemplarizar un Programa Típico de Manada, solo se trata de mi muy humilde recreación, de lo que creo pasa por la mente de un niño que disfruta del Gran Juego en la manada, y además procura demostrar mi más sentido reconocimiento a todos los excelsos miembros del Pueblo Libre y Valiente, y a sus tan abnegados Viejos Lobos. Con el aspiro pagar parte de la deuda que #MeLoContaronAlrededorDelFuego tiene con todos ellos.

Con él también pretendo agradecer y ensalzar al nunca suficientemente bien ponderado Campo Escuela Paramacay: entre tus campos se sucedieron, muchas de mis más bellas experiencias dentro del escultismo, bajo tu lluvia se forjo mucho del hombre que hoy soy, bajo tus eucaliptos conocí a mi compañera de vida, y a muchos de mis mejores amigos, gracias por todo, gracias, por tanto.

JR / mayo 2018

jueves, 15 de marzo de 2018

Hablando de merecer confianza: la casa de Don Argimiro




Los que alguna vez prometimos (como millones de jóvenes desde 1907): hacer todo lo que de nosotros dependiera para cifrar nuestro honor en merecer confianza, entendemos que esto solo se logra si día a día ambicionamos hacer SIEMPRE LO MEJOR. Evidentemente no es fácil, y parece una quimera, que se anhela y se persigue pese a ser muy improbable que se realice. Pero a pesar de todo, nos pasamos la vida intentándolo, y celebrando cada pequeño logro, en la seguridad de que la felicidad esta en disfrutar del camino a la meta, no en la meta.       


Por eso entenderán nuestro desencanto cuando la semana pasada, tuvimos que hablar de lo desagradable que se nos hace tratar y siquiera conocer, a personas que no merecen nuestra confianza porque la traicionan tan pronto como pueden.


Hoy en compensación, les compartimos el más grandioso ejemplo del auténtico valor de LA PALABRA DE HONOR (así, toda en mayúsculas), para una pareja de isleños que hicieron suyas estas tierras con la bendición de la DIVINA PASTORA.

Desde aquí nosotros, todos los días agradecemos, a la Pastorcita de Barquisimeto la suerte de poder llamarlos mamá y papá.    

Con todo nuestro cariño les dedicamos este relato a: Santiago, Pedro Rodrigo, Pablo, Ernesto Alexander, María José, Andrés Alberto, Rodrigo Javier, Juan Carlos, Diego y Alexandra, que tiene la suerte de decirles abuelos. Queridos hijos y sobrinos que la brújula de valores que ellos les legaron, continúe por siempre marcándoles el azimut sus vidas … … … … … …


Estimados público, permítanos iniciar dibujándoles el escenario en el que se desarrollaran los hechos que les compartiremos esta semana: ««Los historiadores, letrados y estudiosos, mantienen que Venezuela no salió del siglo XIX hasta el 17 de diciembre de 1935 (con la muerte del Benemérito), pero quien les “canta este poema épico” – que no es ni historiador, ni versado en la materia – a  cuenta de creerse trovador, se permite asegurarles que los únicos años de nuestra historia republicana en que hemos estado verdaderamente fuera del Siglo XIX, fueron los cuarenta años de democracia que se sucedieron entre 1958 y 1998»» Nuestro relato se desarrollará exactamente al inicio de ese periodo, comencemos entonces… …

… … hace muchos, muchos años, a principios de 1960, Barquisimeto era un pequeño pueblo de menos de quinientos mil habitantes, que entusiastamente luchaba por sumarse al desarrollo que la recién instaurada aventura democrática estaba sembrando a lo largo y ancho de la nación.




La ciudad se expandía acelerada y vertiginosamente – como prueba les indicamos que la superficie ocupada por la ciudad de 1990, era tres veces mayor, a la que ocupaba por el pueblecito provinciano del inicio de la democracia – nuevas y modernas urbanizaciones, nacían contagiadas del inmenso frenesí de libertad, independencia y progreso que se esparcían por doquier. Era tal el empuje y la aceleración en el desarrollo urbanístico e industrial de la nación que fue imposible prever el adecuado acompañamiento por parte de las leyes, métodos crediticios, sistemas bancarios, procedimientos hipotecarios y operaciones financieras indispensables para colectivizar y sobre todo para democratizar el mencionado desarrollo.

A esa Venezuela, a ese Barquisimeto, llegaron Cecilia y Rodrigo en 1959: verdaderos “maletillas”, como tantos otros forjados por la postguerra española. Que, con una curtida maleta de sueños en la mano, y un hatillo de coraje al hombro, salían a recorrer caminos y prados, en busca de “la añorada plaza – en donde en una tarde cualquiera – pudieran ganar la gloria o dejar la sangre en la arena”. Pero no se equivoquen, nuestra pareja no venía con los fardos vacíos, los traían repletos de ética, honestidad, principios y valores, los traían colmados de aquello que antiguos trovadores denominaban: HONOR, ese algo intangible, tan difícil de definir como de encontrar, que para los que tienen la extraña distinción de poseerlo: pesa poco, pero vale mucho.

Aquí se requiere que hagamos un paréntesis para contarles que hasta ahora, ni Cecilia, ni “su Roro” (así le decía ella cuando “se ponía cariñosa”) habían vivido tan alejados del mar (ojo, que los años vividos en Caracas no cuenta, porque extrañamente, aunque no tiene puerto, la Sultana de El Ávila siempre ha sido una ciudad costera). Esta lejanía maximizaba en la pareja la natural nostalgia del emigrante por el terruño, extrañaban: el puerto de pescadores con sus interminables historias (algo de eso debemos haber heredado), los cortejos a las muchachas en la Plaza del Charco, las frías aguas de Santelmo, las negras arenas de la playa Martianez, a su querido Viejito – así llaman en el Puerto a El Gran Poder de Dios –, las nieves de las Cañadas, la cima de El Teide, las juergas con los amigos, las castañas, sardinas y vinos nuevos de San Andres, las comidas de sus Madres (Pescado Salado con mojo rojo canario o Conejo al Salmorejo con papas arrugadas), el beso de despedida de sus Padres, en resumen extrañaban a La Familia. Extrañamente, hoy sus hijos gozan de esa «NOSTALGIA HEREDADA», y no pueden ver fotos del nevado Teide, sin sentir el llamado de esas tierras en las que nunca han vivido. Dicho todo cerramos el paréntesis y continuamos… …




Al llegar a Barquisimeto, Cecilia y Rodrigo (les dije que lo de Roro, es solo a veces) alquilaron una casa cerca del aeropuerto, y allí iniciaron la formación de su familia. La misma creció casi de inmediato, cuando en julio de 1960 llego el primogénito, por eso los sábados en la tarde a inicios 1961, los esposos salían a recorrer los nuevos desarrollos urbanísticos que nacían a lo largo de la carrera #19, en uno de esos viajes llegaron a una cuadra que estaba siendo urbanizada por Don Argimiro (lamentablemente el apellido se nos perdió en el tiempo), los jóvenes quedaron inmediatamente enamorados de las quintas que se estaban construyendo, y en especial de una que, hacia esquina, entre la carrera #19 y una de las calles adyacentes. La pareja recorría la deseada vivienda, mientras la fueron amoblando con la imaginación: aquí la cama matrimonial, allí una cuna, más allá una mesa de comedor – con muchas, muchas sillas –, al final de pasillo un escritorio para las tareas, en el salón un elegante sofá para las visitas, y para ellos unos muebles de mimbre para las tardes en el jardín, y así agarrados de la mano siguieron caminando – o flotando –  sobre sus sueños, hasta que Don Argimiro los despertó:


-         Esta casa es muy grande, hace esquina, y es más costosa que las del resto de la cuadra, seguramente a Ustedes se les ajustara mejor alguna de las casas intermedias, de esas que hoy los gringos llaman dúplex, están tan bien construidas como está tienen las mismas ventajas y comodidades de la ubicación, y son definitivamente más asequibles. Vengan para que se las enseñe.

Rodrigo vio humedad en los brillantes ojos (como los del Gato Con Botas) de su esposa, y pensó que no había llegado tan lejos para conformarse con una “casa más asequible, no iba a ser este guaro quien lo enseñara a negociar”, soltó la mano de Cecilia y encarando al vendedor le dijo:

-         Don Argimiro, mi nombre en Rodrigo Rodríguez, la casa que nos gusta es esta y es a donde nos queremos mudar. Tiene razón al pensar que no tengo plata para pagársela, pero con su ayuda y consentimiento estoy seguro de poder pagársela de acuerdo a lo que considere correcto. Sé que Usted no me conoce, y que no tiene ninguna referencia mía, y la verdad es que yo solo le puedo dar mi palabra de que le voy a pagar – y ante la cara de incredibilidad del viejo guaro, continuo – aquí tiene mi tarjeta, allí está mi teléfono y mi dirección. Además, le anote los nombres de algunas personas que me conocen bien, investigue, piénselo y me llama.

Dicho eso, Rodrigo le tendió la mano, y lo encandilo con su sonrisa de esperanza y sus inmensos ojos azules llenos de fuerza y fe, mientras le apretaba la mano de una manera en la que el viejo barquisimetano reconoció el señorío, la majestuosidad y la gallardía, que solo son propios de un verdadero caballero.


Luego marido y mujer se montaron en su carro, dejando a Don Argimiro, con la semilla de la curiosidad sembrada en su corazón, y sin dudarlo se dirigieron hasta Santuario de Santa Rosa, en donde el joven isleño, le hablo a la Patrona, con la confianza propia de los que tienen el corazón noble y la conciencia limpia:


-         Pastorcita, yo ya hice mi trabajo, y me comprometo a no dejarte mal. Ayúdame a que podamos criar a nuestros hijos en esa casa, que por siempre será la tuya.


Así pasaron varios días durante los cuales Cecilia ni se atrevía preguntar por la casa, y Rodrigo no la hacía. Hasta que una semana más tarde, sonó el timbre de la casa y la esposa abrió la puerta para encontrase al viejo Don Argimiro parado en el umbral:


-         Buenas noches señora – saludo – ¿esta su esposo?
 
-         Si claro, pero pase Usted por favor, ya se lo llamo – y con el corazón en la boca, salió de inmediato a buscar a Rodrigo

Al llegar el joven, el viejo guaro se le quedo mirando, y sin mayores preámbulos le dijo:

-         Felicitaciones, aquí tiene las llaves de su casa. Pueden mudarse cuando Ustedes quieran.

-         Muchas gracias Don Argimiro, puede estar seguro que le pagaremos, por favor dígame que le debo firmar – le contesto abrumado el joven isleño

-         Rodrigo – lo tuteo por primera vez el anciano, mientras le tendía la mano – luego pasas por mi oficina y me indicas cómo serán los pagos. Usted no necesita firmar nada, con su palabra me basta – y luego dirigiéndose a Cecilia continuo – Espero, que disfruten la casa, buenas noches señora.




A la brevedad se mudaron a la bella quinta y allí nacieron la única niña y el tercer hijo (este aprendiz de trovador que hoy les canta), para completar los tres guaros de la familia que aún sufren año tras año, por sus amados Cardenales de Lara – luego llegarían dos Caraqueños, para completar la manita (pero esa es otra historia).



Un detalle: Se me olvidaba decirles que, a los pocos meses, cuando se fue el viejo año, la primera aurora de 1962, consiguió a Cecilia y a Rodrigo, durmiendo plácidamente en un cuarto que aun olía a nuevo, con sus cabezas apoyadas sobre la seguridad que solo pueda brindar la almohada de saber que, (aunque al Caballero Larense, le debían muchísimo más que dinero), la deuda con Don Argimiro ya estaba pagada.


Pterodáctilo Ancestral
13 de marzo de 2018











13 de marzo 1928 - 13 de marzo 2018
90 años del nacimiento de Don Rodrigo,
Papá: te queremos y extrañamos todos los días
Gracias, infinitas gracias, a ambos por tanto ejemplo




domingo, 4 de marzo de 2018

Algunos deberían saber sobre el honor, la confianza y la traición




Venezolanos coloquemos las banderas a media asta, rasguémonos las vestiduras, pintemos nuestros rostros con cenizas, la traición se castiga con la tabla. Confesamos la inmensa y deprimente decepción que nos embarga, por el grito de dolor, decepción y arrechera que recorrió toda Venezuela a mediados de esta semana: uno de nosotros cuyo nombre no merece ser recordado, (un nirgüeño–guaro–adoptado al que muchos considerábamos con las credenciales requeridas para aglutinar y liderar el País Democrático en la ardua labor de reconstrucción de la Patria Posible, y al que defendimos “a capa y espada” y de “propios y extraños” en múltiples y diversas oportunidades), un venezolano innombrable – insistimos – traiciono la inmensa confianza que muchos habíamos puesto en él, y se prestó para apuñalar por la espalda (algunos dicen que totalmente segado por su ego o arrogancia, y otros que simplemente dirigido por la codicia y el dinero), no solo a los que habíamos creído en él sino a todos los que tenemos fe, en que la unidad era la única vía para poder despertar de esta pesadilla, sin seguir tiñendo de sangre las calles de las ciudades y pueblos del terruño.


Casualmente el mismo día en que se consumó la traición, nos whatsappeo un excompañero de trabajo con el que no hablábamos hace varios años, y nos envió un texto relativo a visión de los mexicanos de la PALABRA DE HONOR, y de la relación que se hace en México entre los FUEROS o privilegios que gozan algunos empleados públicos, y el honor que se debería requerir para alcanzarlos, merecerlos, y disfrutarlos si abusar de ellos y sin olvidar que se trata de privilegios prestados por la Patria, y que el día en que sus acciones no se correspondan con la responsabilidad que se requiere para ostentarlos, la misma Patria te lo demandara. Y en entre estas prerrogativas nosotros incluimos el privilegio y la responsabilidad de poder disfrutar del respeto y confianza del Pueblo. Y es que estamos convencidos que otras cosas podrían haber ocurrido, si alguien le hubiera enseñado al mencionado traidor, aquello que los scouts resumimos en CIFRAR EL HONOR EN MERECER CONFIANZA.
Tres comentarios, sobre el texto que les adjuntamos a continuación: (i) Lo buscamos en internet, consiguiéndolo en diversas oportunidades, pero siempre catalogado como colaboración y por lo que se nos hizo imposible identificar cual es el texto original, y quien es su autor, por lo tanto, para efectos de esta presentación lo consideraremos anónimo (ii) La palabra fuero procede del latín forum, foro. En la España medieval los fueros eran los estatutos jurídicos aplicables en una determinada localidad, cuya finalidad era, en general, regular la vida local, estableciendo un conjunto de normas, derechos y privilegios, otorgados por el rey, el señor de la tierra o el propio concejo, es decir, las leyes propias de un lugar. Fue el sistema de derecho local utilizado en la Península Ibérica a partir de la Edad Media y constituyó la fuente más importante del Derecho altomedieval español. De esa muy antigua excepción medieval viene la extensión “tener fuero” para determinar que una persona o un grupo de personas gozan de leyes o normas particulares, (iii) Sin embargo, el que la relación indicada en el texto entre el honor demostrado por el General Carlos Fuero y la etimología de la palabra, no sea gramatical e históricamente correcta, no hace menos importante y oportuno, el hecho que el mencionado militar, supiera dar importancia a su PALABRA DE HONOR, y al fuero que por respeto le concedió a su colega.






Estamos totalmente convencidos de que si el ya anteriormente mencionado nirgüeño–guaro–adoptado (cuyo nombre aun no nos da la gana de recordar o mencionar), hubiera valorado, honrado y respetado, la franquicia y responsabilidad de contar con la confianza de todos aquellos venezolanos que lo designamos guardian de nuestros más valiosos sueños y esperanzas, seguramente habría preferido privilegiar esa sagrada confianza por sobre su arrogancia o codicia, para así actuar de manera diferente, y preferir la verdadera lucha antes de ser sometido a la vergüenza e indignidad de ser llamado traidor. Es que para dedicarse a la política algunos deberían saber sobre el honor, la confianza y la traición, algunos deberían saber que la traición se paga con la tabla. Guaro, creo que mejor ruegas para que nuestro Señor y la Divina Pastorcita de Barquisimeto te perdonen, porque algunos venezolanos no la haremos jamás.




Sin más preámbulo, para todos ustedes…










PALABRA DE HONOR


 ¿De dónde viene la palabra "FUERO"?
México año de 1892 murió Don Carlos Fuero, una calle en la ciudad de Saltillo, y Coahuila y una en Parral, Chihuahua (México), llevan su nombre. La historia es digna de ser conocida por todos nosotros, mis queridos amigos. A la caída de la ciudad de Querétaro, quedó prisionero de los "Juaristas", el General Don Severo del Castillo, Jefe del Estado Mayor de Maximiliano.
Rápidamente fue condenado a muerte, y su custodia se encomendó al Coronel Carlos Fuero. La víspera de la ejecución del General Don Severo del Castillo, el Coronel Fuero dormía cuando su asistente lo despertó.
El General del Castillo, deseaba hablar con él.  Fuero, se vistió de prisa y acudió de inmediato a la celda del condenado a muerte. No olvidaba que el Gral. Don Severo del Castillo, había sido amigo de su padre.
-       Carlos – le dijo el General – perdona que te haya hecho despertar. Como tú sabes me quedan unas cuantas horas de vida, y necesito que me hagas un favor. Quiero confesarme y hacer mi testamento. Por favor manda llamar al padre Montes y al licenciado José María Vázquez

-       Mi General – respondió el Coronel Fuero – No creo que sea necesario que vengan esos señores

-       ¿Cómo? – se irritó el General Del Castillo – Deseo arreglar las cosas de mi alma y de mi familia, ¿y me dices que no es necesario que vengan el sacerdote y el notario?
-       En efecto, mi General – repitió el Coronel republicano – No hay necesidad de mandarlos llamar. Usted irá personalmente a arreglar sus asuntos y yo me quedaré en su lugar hasta que usted regrese.
El General Don Severo se quedó estupefacto. La muestra de confianza que le daba el joven Coronel Fuero, era extraordinaria.
-       Pero, Carlos – le respondió emocionado –¿Qué garantía tienes de que regresaré para enfrentarme al pelotón de fusilamiento?

-       Su PALABRA DE HONOR, mi General – Contestó Fuero.

-       Ya la tienes – dijo Don Severo abrazando al joven Coronel.
Salieron los dos y dijo Fuero al encargado de la guardia:
-       El señor General del Castillo, va a su casa a arreglar unos asuntos. Yo me quedaré en la celda en su lugar como prisionero. Cuando él regrese me manda usted a despertar.
 A la mañana siguiente, cuando llegó al cuartel el superior de Fuero, General Sóstenes Rocha, el encargado de la guardia le informó de todo lo sucedido.
Corriendo fue Rocha a la celda en donde estaba Fuero y lo encontró durmiendo tranquilamente, pero lo despertó de inmediato.

      -       ¿Qué hiciste Carlos?, ¿Por qué dejaste ir al General del Castillo?
     
      -       Ya volverá. le contestó Fuero.  Y si no lo hace, entonces me fusilas a mí.
En ese preciso momento se escucharon pasos en la acera.
-       ¿Quién vive? – gritó el centinela.

-       ¡México!, y un prisionero de guerra – respondió la vibrante voz del General del Castillo.
Cumpliendo su PALABRA DE HONOR volvía Don Severo para ser fusilado.
El final de esta historia es feliz. El General Severo del Castillo, no fue pasado por las armas. Rocha le contó a Don Mariano Escobedo lo que había pasado, y éste se le informó a don Benito Juárez. El Benemérito, conmovido por la magnanimidad de los dos militares, indultó al General y ordenó la suspensión de cualquier procedimiento contra el Coronel Fuero.
Ambos eran hijos del COLEGIO MILITAR; ambos hicieron honor a la Gloriosa Institución. Ambos hicieron honor a su palabra.
De ahí deriva también la palabra "Fuero". Tener "Fuero" es tener un privilegio, que debe sustentarse en la PALABRA DE HONOR y en un juramento o "protesto" como le llaman, que muchos de nuestros políticos y ciudadanos -  han olvidado y hecho a un lado.
Afortunadamente aún existen muchas familias que inculcan a sus hijos el valor de su palabra, palabra de honor.

compartido por:
Pterodáctilo ancestral
marzo 2018