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domingo, 25 de marzo de 2018

Santiago Salgado

A una isla del Caribe
he tenido que emigrar
y trabajar de camarero
lejos, lejos de mi hogar.


Me invade la morriña
el dolor de Breogán;
cuando suena la muiñeira
el llanto empieza a brotar


Miña terra galega,
donde el cielo es siempre gris.
Miña terra galega,
es duro estar lejos de ti.

Siniestro Total - Miña terra galega
https://youtu.be/t02dFZI7nw4









Santiago Salgado, nació en 1930 en la casa de sus padres de La Ribeira Sacra – el territorio común de las provincias de Lugo y Ourense – nieto de Santiago, hijo de Santiago, descendía de una estirpe  dedicada, desde la época de los romanos, a trabajar las cortiñas de las familias nobles, donde sembraban legumbres, verduras y hortalizas. Además, en el interior de esas cortiñas y cortiñeiros florecen árboles frutales e incluso castaños, que también son trabajados desde tiempos inmemorables por los Salgados. Sin embargo, al estallar la batalla de Vigo – a finales de julio de 1936 – sin pensarlo mucho su padre y sus tíos recogieron sus gaitas y macundales, para acompañar a miles de otros afiliados de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) que se alistaron al bando republicano.


Y aquí nos corresponde abrir uno de nuestros ya acostumbrados paréntesis: (No nos equivoquemos, sería frívolo y superficial indicar que los hermanos Salgados o sus compañeros del sindicato entendían o compartían la ideología anarcosindicalista que la CNT quería instaurar en España. Más real y serio, seria indicar que en la macabra lotería con que los líderes de ambos bandos se jugaron a España y a los españoles durante la Guerra Civil, a ellos les toco defender el bando republicano. Sin embargo, «la guerra duro poco para muchos de estos gallegos», y pasaron la mayor parte de los años de guerra haciendo valer aquello de que: «En Galicia no hubo guerra civil en el 36, sino represión y genocidio». Para cuando termino la guerra, el 1ro de abril de 1939, España estaba destruida estructural, económica y moralmente, eso sumado al inicio de la II Guerra Mundial, y a los inmensos odios sembrados por los “exabruptos y falta de escrúpulos” de ambos lados, fueron el caldo perfecto para gestar la fúnebre Post-Guerra española. Periodo que la mayoría de los historiadores fecha entre 1939 y 1960, y durante el cual España estuvo sumida en la más mísera pobreza, el mayor malestar social y la más fuerte represión posible.) cerremos aquí nuestro paréntesis.


Al amanecer de 1945, el huérfano quinceañero Santiago Salgado, no tenía ni trabajo ni futuro en Galicia, y tampoco valor para meterse a “maletilla”, por lo que junto a muchos paisanos se decidió a ir tras un sueño con nombre de mujer: América, embarcándose como “grumete” para pagar su boleto en la Santa Maria un buque portugués que transportaba emigrantes. La madre lo despidió en la puerta de la casa con un: «lembrar a nosa terra» y un beso, embarcaron en Vigo – el viaje de la aldea a Vigo fue la primera travesía para estos jóvenes, pero eso sería otra historia – iba con otros emigrantes en “segunda”, los hombres en una zona y las mujeres en otra, todos en camarotes de cinco literas, lo de grumete duro muy poco ya que desde que salieron de Las Canarias no fue más al comedor y menos a la cubierta, por pasársela mareado y enfermo. 

Santiago Salgado, nació en 2003 en el Centro Medico Paso Real de Los Valles del Tuy, en el estado Miranda. Nieto de Santiago, hijo de Santiago, la familia se dedica a regentar una modesta serie de almacenes agrícolas – fundados y gerenciados por su abuelo Santiago, hasta su muerte en el 2015 – llamadas “AGROCORTIÑA´s” las cuales estuvieron regadas a lo largo y ancho de Los Valles del Tuy. Sin embargo, la situación que se ha venido desarrollando desde el inicio de la dictadura – a finales del siglo XX – ha hecho que las cosas se fueran deteriorando – primero paulatina y luego aceleradamente – por lo que su padre y sus tíos se han visto obligados a ir cerrando varios de los locales, hasta que hoy solo les quedan dos.


Aquí nos corresponde abrir uno de nuestros ya acostumbrados paréntesis: (No nos equivoquemos, sería frívolo y superficial indicar que los hermanos Salgados eran acaudalados terratenientes, oligarcas o aristócratas, que tenían sometidos a los agricultores del Tuy aplicando la ideología capitalista de las que muchos los acusaron. Más real y serio, seria indicar que eran incansables trabajadores y “los mejores amigos” de los pequeños agricultores a los que asesoraban, financiaban y proveían de los insumos y los consumibles requeridos para la faena. Pero de manera inescrupulosa los Salgados, sus colegas y sus proveedores fueron despojados del accesos a las indispensables divisas, expropiados de sus necesarias propiedades e injustamente acusados de usureros y latifundistas, por los envidiosos, incapaces e ineptos que con macabra demagogia destruyeron a Venezuela estructural, económica y moralmente, eso sumado a los inmensos odios sembrados  “por la maquinaria estatal”, fueron el caldo perfecto para gestar la más fúnebre y desastrosa época de nuestra historia, en la que la Patria está sumida en la más mísera pobreza, el mayor malestar social y la más fuerte represión posible. Sin embargo, la tradición de sacrificio y la capacidad de resiliencia de estos empresarios les permiten adaptarse una y otra vez a las adversidades, para continuar luchando en el convencimiento de que el “trabajo fecundo y creador” más temprano que tarde siempre da frutos.) cerremos aquí nuestro paréntesis.


Al amanecer de 2018, el quinceañero Santiago Salgado, está terminando su bachillerato, no tiene ni cupo en la universidad ni futuro en esta Venezuela Revolucionaria, por lo que junto a muchos compañeros lleva varios meses convenciéndose de buscar la seguridad y el confort de un sueño, del que ha escuchado muchas veces en la cocina de su abuelo, un sueño con nombre de mujer: Europa. Finalmente se embarca como “turista”, en un vuelo lechero, que recorre cinco países antes de llegar a Madrid. La madre lo despedido sobre el mosaico de Carlos Cruz Diez en Maiquetía con un “selfy”, un “hijo: esto es lo mejor para ti, no dejes de escribirme” y un beso. Al despegar, Santiago se quedó mirando, desde la ventanilla del avión cómo se alejaba la Silla de Caracas.

Al llegar a Madrid, no lo esperaba nadie, tomo un metro hasta la estación de Puerta de Atocha y desde allí un autobús a Ourense – la bella ciudad a orillas del río Miño que los romanos llamaban Aquae Aurente, famosa por sus aguas termales y, en particular, por las piscinas de As Burgas que, junto con el antiguo Puente Romano, son símbolos de la ciudad gallega –, en la Estación de Ourense-Empalme lo esperaba su primo – se había venido de Caracas, un año antes – «Epale Chamo, ¿Cómo estuvo el viaje?, que bueno verte aquí, toma aprovecha que la estación es zona wifi gratis y avísale por el WhatsApp “á túa nai” que ya llegaste. Mañana, vas conmigo a AS BUERGAS, que él del puesto de papas, está dispuesto a conseguirte algo de trabajo. Vente déjame ayudarte con esa maleta, que vamos caminando hasta el piso, esta como a tres cuadras».

En La Guaira lo esperaba, “O Mocho” – un compañero de su padre de cuando el sindicato, que en 1936 había tenido que huir de los Franquistas para no ser fusilado – lo recibió con un abrazo y un: «Raparigo, parecen estar vendo ao teu pai», Santiago cargo con su vieja maleta y se montaron el autobús que los llevaba por una vieja carretera a Caracas, solo “O Mocho” hablaba, Santiago no podía abrir la boca: «Esta carretera, la construyeron los presos de cuando Gomez, ese fue un tipo como Franco, que mando en Venezuela como mil años. Te voy a llevar a una pensión que se llama Hotel Sonia, en El Conde – en el Luna Española no hay camas – allí podrás estar unos quince días o más a crédito hasta que consigas un trabajo, ellos te darán que comer y donde dormir. La dueña es de Orense, se llama Elvira González. Eso sí, apenas consigas trabajo, comienzas a pagar – y cambiando de idioma, para afianzar el mensaje – “non me fagas parecer mal, vexo que son garante”»



Durante los primeros días, Santiago “se pagó” la comida y el catre, ayudando a Doña Elvira con los trabajos de la pensión, la gallega lo adopto y lo apodaba “meu fillo”, y casi que se lamentó cuando consiguió trabajo como peón en una construcción por la zona baja de Sarria. Debido a la falta de experiencia, edad y papeles – el gobierno de Medina consideraba a Santiago como un Emigrante Espontáneo, para diferenciarlos de aquellos que llegaban bajo la figura de la inmigración dirigida y seleccionada para repoblar el campo y, por lo tanto, no existía ninguna previsión en la Ley de Extranjeros que lo apoyara o protegiera –, él capataz de la obra le pagaba la mitad del jornal que, a los demás obreros, sin embargo, le alcanzaba para pagarle la pensión a Doña Elvira, y ahorrar algo del jornal para “el futuro”.


De inmediato, Santiago “se pagó” la comida y el catre en casa de su primo, laborando como peón en el puesto de papas de AS BUERGAS, en donde hacía de todo: descargaba los camiones, llenaba los estantes, ayudaba a embolsar las compras y antes de retirarse barría los pisos. “Él del puesto” lo había adoptado y lo trataba “como un fillo”, y aunque era menor de edad, le pagaba la mayor parte del jornal, con lo que podía aportar para el piso del primo, y ahorrar algo para “el futuro”.

Al poco tiempo se adaptó a la rutina de Ourense, y fue haciendo amigos, la mayor parte entre los paisanos – poco a poco el tuyero se fue acostumbrando a que, “en el viejo continente”, consideraban que todos los nacidos al sur del Rio Bravo eran sudacas, y por lo tanto “todos compatriotas” –, uno de sus nuevos amigos era un margariteño que desde siempre estuvo obsesionado con los platos picantes con que la nueva comida peruana deleitan los paladares más exigentes y conquistan a la gastronomía mundial, él pensaba que podía hacer lo mismo con la comida su Isla:

-       Mira Santiago, ya conseguí “currar como bombero” en uno de los restaurantes del casco antiguo que los romanos construyeron para disfrutar de las aguas termales – le contaba el ñero

-       ¿Currar como bombero? – pregunto Santiago, totalmente perdido

-       Si, si, si, si, – lo corto el futuro chef – así le digo porque me toca cubrir todas las emergencias: si falta el del almacén: cargo los bultos, si falta el de la cocina: lavo lo platos, vasos y ollas, si falta el que barre: cojo la escoba, si falta el camarero: atiendo las mesas, si falta el “pela papas”: yo me encargo de … … … … …

-       ¿Y no, tendrán un puesto disponible en ese cuerpo de bomberos para un tuyero? – pregunto Santiago

-       Claro, esta noche le digo al encargado, ¿te gusta el pulpo? – continuo el isleño

A partir de ese día Santiago iba a apagar los incendios del restaurante de la zona colonial todos los jueves, viernes y sábados desde las siete de la noche hasta las tres de la mañana, y los domingos de doce a doce. Al poco tiempo comenzó a servir mesas y a recibir propinas, recordando un dicho que según su papá siempre decía su abuelo Santiago: «los borrachos, son buena gente y dan buenas propinas». Todo iba mejor de lo planeado, pero Santiago estaba convencido de que jamás se sentiría nuevamente en su casa, hasta regresar con los suyos, algo le faltaba.


Al adaptarse mejor a Caracas, Santiago fue haciendo amigos, la mayor parte entre los paisanos – poco a poco el gallego se fue acostumbrando a que, “en las indias”, consideraban que todos los españoles eran gallegos, y por lo tanto “todos nacidos en la misma aldea” –, uno de los nuevos amigos era un Isleño llamado Yeray que trabaja como albañil en la misma obra. En las tardes caminaban juntos al regresar a sus respectivas pensiones, llamando la atención por la “dispareja pareja” que hacían (Yeray hacia honor a su nombre, que significa grande en Guanche), durante ese recorrido el Isleño llevaba siempre la palabra: «Cuando reúna lo suficiente, comprare unos terrenos en Los Valles del Tuy, con buena agua esa tierra es buena para legumbres, verduras y hortalizas, y aquí el agua es lo que sobra – no como en mi Tenerife, en donde hay que sacarla de minas –, por eso los fines de semana me voy a La Candelaria para trabajar como camarero en EL POZO CANARIO, allí la paga es poca pero las propinas buenas, los borrachos, son buena gente y dan buenas propinas», tanto hablaba su nuevo amigo, que Santiago se convenció de que esta era la mejor manera de aumentar su capital, por eso el siguiente viernes se apareció en un pequeño restaurante llamado A ADEGA DE OURENSE, para pedir trabajo. Quisieron las hadas que lo atendiera un muy viejo Secretario del CNT que había estado en el frente durante la Batalla de Vigo, con su padre: «Mira Santi, te doy la oportunidad porque tu padre y yo tenemos muchas historias que contar, “fomos irmáns”, comenzaras recogiendo y limpiando mesas, pero estaré pendiente y en lo que tengamos el primer cupo disponible, te daremos la oportunidad para servir como camarero». A partir de ese día Santiago iba A ADEGA DE OURENSE, todos los jueves, viernes y sábado desde las siete de la noche hasta las tres de la mañana, y los domingos de doce a doce. Al poco tiempo comenzó a servir mesa, y demostró que su amigo Yerey tenía razón: «los borrachos, son buena gente y dan buenas propinas». Todo iba mejor de lo planeado, pero Santiago estaba convencido de que jamás se sentiría nuevamente en su casa, hasta regresar con los suyos, algo le faltaba.


Santiago la conoció cuando llevaba como tres meses de camarero, se la presento su nuevo amigo, en lo primero que se fijo fue en sus senos – la consigna entre los Salgado era: «Una mujer sin tetas, es como un domingo sin goles» –, lo que vio no solo le gusto, sino que fue amor a primera vista,  de inmediato comenzaron a acompañarse cuando regresaban a sus casas por las madrugadas, así poco a poco, noche a noche, bajo el titilar de las estrellas, y de “bota en bota” fue conociendo el resto de ella, y simplemente “también le gusto”. A las pocas semanas se hicieron inseparables, se bastaban con tres frases hechas, que habían escuchado a antiguos comediantes, a los quince años no se requiere más, ante propios y extraños se trataban de “parientes”, parecía que se conocían de siempre, que habían nacido para estar juntos hasta la eternidad. Ella le enseño la ciudad, él le enseño la vida, juntos conocieron el amor, en cuanto pudieron se mudaron juntos, y también juntos conocieron la felicidad que pensaban que les seria esquiva. Con el tiempo Santiago entendió que justo en el momento de conocerla termino su viaje, finalmente estaba en su casa, porque: «el hogar está allí, en donde está el amor».



¿Qué estoy haciendo aquí?

Pagando para vivir

Escogiendo sin opción

Lejos de donde nací



Escaparme de mí

Alejarme de ti

Una lejana canción

Sigue llamándome

Sigue llamándome



Lejos, La Vida Boheme


dedicado con nuestro mayor cariño y respeto a
todos los emigrantes e inmigrantes de Venezuela
de hoy, ayer, mañana y siempre

Pterodáctilo Ancestral
marzo 2018